Ecléctico: Eso que llaman veneno

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POR: Marcos David Valverde


La cuestión es sencilla: en la música no hay nada químicamente puro. Eso lo han entendido, durante los últimos años, los nombres que han servido como portaviones para eso que, con razón o no, se ha denominado “música venezolana contemporánea”.

Sobre ese caballo han cabalgado, con éxito, los que han utilizado como premisa de proyección a los ritmos venezolanos “envenenados”. Más sencillamente, fusión.

Las representaciones abundan y, claro, cada una merece ser presentada con detenimiento. Por eso, nos centramos en una que, con su atrevimiento rítmico y pulcra ejecución, puede dejar boquiabierto a cualquiera: Orozcojam.

Orozcojam-front

Con el sustento del sello Guataca Producciones (iniciativa de Aquiles Báez y Ernesto Rangel, cuya existencia debe agradecer todo melómano que se precie), el pianista César Orozco y sus compañeros de Kamarata Jazz (Rodner Padilla, Jorge Glem, Vladimir Quintero y Euro Zambrano, verdugos del bajo, cuatro, conga y batería, respectivamente) dejaron que sus visiones musicales se fundieran en las sesiones de estudio para lograr el resultado que hoy nuestros oídos pueden paladear (sí, tal cual).

De entrada, esa característica se deja notar con Frutero vende maní, pieza en la que el piano trancao de Orozco anuncia que lo que viene es candela pura. Pronto, la banda en pleno se une con salpicaduras jazzísticas y salseras para recibir a uno de los invitados, el cantante Marcial Istúriz.

El disco se pasea por perlas imprescindibles del repertorio venezolano, como Ese mar, de Otilio Galíndez; Dama antañona, de Francisco de Paula Aguirre y Leoncio Martínez; Barlovento, de Eduardo Serrano y Apure en un  viaje (nuestro Route 66), de Genaro Prieto, son presentadas, cada una, con sus respectivas dosis de veneno.

Pero igual atención merecen las composiciones de Orozco para este disco: Guajira porteña, un efusivo abrazo entre el tango y claves tropicales; Orozcojam, quizás la muestra más excelsa de la esencia de la producción; Quirpland, la canción más apegada a la sonoridad venezolana; Piano Callao, despunte instrumental sobre la base del calipso; la inicialmente melancólica La triste mirada y el epílogo Café, tabaco y azúcar.

Deslumbran, además, los invitados de alcurnia: Biella Da Costa, Betsayda Machado, Luis Fernando Borjas, Pablo Gil, Diego “El Negro” Álvarez, Carlos Romero, Gonzalo Teppa, Amazonas Sexteto, Adolfo Herrera, Yonathan Gavidia, Julio Andrade, “Chipi” Chacón y Caryacenri Orozco. Cada uno aporta su ingrediente a esta merengada o, para seguir en la misma tónica, a esta dosis benevolente de veneno.

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