Entre DaCosta y Dudamel

oipPOR: Antonio Rivas


Gran indignación produjo en muchos la reciente aparición del maestro Gustavo Dudamel en el Súper Bowl de EEUU por considerarlo una contradicción condenable de quien por igual dirigió un concierto hace algún tiempo para Nicolas Maduro en medio de airadas protestas contra el gobierno de éste. Descalificativos y ataques se leen en redes sociales contra el músico por lo que consideran una actitud egoísta, cómoda e indolente ante la realidad de un país que clama por auxilio nacional e internacional.

Es natural que en tiempos de tensión social como los que vive Venezuela, haya un sentimiento colectivo de indignación, de rabia, de saturación. Son tiempos donde los miedos son del tamaño del país y los sueños del tamaño de cada individuo. Son tiempos donde se echa mano de cualquier vestigio de moralidad para condenar culpas ajenas y evadir culpas propias, porque sentir culpa por la situación tan grave que atraviesa el país es demasiado peso para una persona.

Cuando en silencio me cuestiono lo mucho o poco que estoy haciendo por Venezuela pienso en quienes más han sacrificado. Viene a mi mente, por ejemplo, Bassil DaCosta, asesinado como muchos otros por una causa que nos pertenece a todos. Pienso en los presos políticos como Leopoldo López. Pienso en los desaparecidos como Alcedo Mora. En ese momento siento una deuda muy grande. Yo no estoy protestando en la calle por quien murió protestando por mí, ni estoy preso por protestar por quien está preso por mí, ni he arriesgado ser desaparecido reclamando porque aparezca aquel que desapareció denunciando la corrupción, que me afecta a mí. Y cuando siento que es demasiado peso para tener sobre mis hombros, porque ciertamente lo es, recurro al “nosotros”. A la mimetización de pueblo, país, patria. Mucho más etérea y general, donde la responsabilidad pesa menos porque es de más gente.

En esa misma línea, cuando la batuta privilegiada del maestro Dudamel dirige por igual notas al comunismo y al capitalismo, cubierto en una capa de indiferencia e indolencia, aflora mi indignación y no lo puedo encontrar menos que inaudito. Fácil es entonces, salir del escondite, volver a ser un individuo con pleno derecho y, con la entereza moral de quien alguna vez marchó, condenar y aborrecer tal acto. Fácil es, sí, pero hay que tener cuidado. Porque desde los ojos de un Bassil DaCosta podría pensarse que todos los que estamos en casa, en el extranjero, en la cola en silencio, comprando al bachaquero, y reclamando en Twitter o en Facebook, nuestra actitud tiene matices de ser indolente y cómoda. No estamos arriesgando la vida, no estamos en enérgica protesta frete al Helicoide, o Miraflores. Y volvemos a la cruda realidad. Visto así, parece que todos estamos en algún lugar entre DaCosta y Dudamel.

¿Culpa? ¿Razón? ¿Es arriesgar la vida un acto heroico o suicida? ¿Es la posibilidad de la presidencia un premio justo por dejar de ver a tus hijos crecer y saber a tu esposa siendo humillada? ¿Es el orgullo de saber que se hizo lo correcto un aliciente para el dolor de los familiares de los desaparecidos? ¿Es declararse apolítico un derecho o un acto de cobardía? ¿Es deber del famoso sumarse a mi causa o es mi deber en el anonimato luchar por quien ya no está? Me falta sabiduría para determinar el deber ser colectivo. Pero el país se hace de decisiones individuales, y cada quien controla solo las suyas. Por lo demás, debe imperar el respeto.

Hay muchos DaCosta, hay muchos Dudamel. No faltará quien admire y quien disienta de ambos, en mayor o menor medida. Pero personalmente creo que debemos concentrarnos en el camino que tenemos delante y recorrerlo construyendo puentes y no tirándonos piedras. Será más fácil salir del hueco cuando busquemos unirnos en nuestros sueños y no en nuestros temores, cuando los miedos se circunscriban a cada individuo y nuestros sueños sean del tamaño del país.

@AntonioERivasR

rivas_antonio@hotmail.com

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